Aline y El Día del Padre
- Serner Mexica
- 17 jun 2023
- 8 Min. de lectura
Fui a ver, nuevamente y con mucho placer, El enfermo imaginario para saludar a mi amiga ahora como actriz en el papel de Tomás (el deseado yerno de Argán) y otros más. Me encantó su actuación y le regalé flores al final de la obra. Quise esperarla para felicitarla pero me lo impidió una urgente llamada.
Es mi primo Eric Ramner, de Veracruz, quien me pide acompañarlo a Tamaulipas; por teléfono sólo me dice que necesita ayuda así que, cuando lo veo, me sorprende su petición de nerviosismo y premura. Siempre supe de sus negocios riesgosos pero jamás me lo había planteado seriamente, hasta ahora. Me siento comprometido por las veces que me ha echado la mano económicamente. Al encontrarlo en el Sanborns de San Ángel me sorprende verlo con mi sobrina Aline de trece años. Nunca hace viajes de negocios con su hija, dice, pero ahora está peleado con su esposa. No me gusta la idea. No tenga miedo, tío. No tengo miedo. Miro los ojos de mi primo y le pregunto si es todo lo que me tiene que decir; me lo jura mintiéndome descaradamente. Vamos a su auto, un Audi a5, y omite que en éste van escondidos treinta kilos de cocaína.
Llegamos a Querétaro y nos detenemos en una tienda; refrescos, papas y galletas para Aline. ¡Gracias, tío! Un Red Bull para Eric y un six de chelas para mí. En San Luis cargamos gasolina y mi sobrina me despierta echándome gotas de refresco con su popote. ¡Oye! Ni aguantas nada, tío. Llegando a Reynosa el sol me despierta por completo y me asusto al ver entre mis ojos el cañón de una pistola; Aline me apunta sonriendo y cerrando el ojo izquierdo. ¡Aleja eso de mí! Le reclamo a Eric y él, sin una pizca de cansancio, me dice que me relaje. No te preocupes, ella sabe manejar muy bien las armas; le he enseñado desde los cinco años, ¿verdad hija? ¡Sí, papá! Está bien, pero por favor no me vuelvas a apuntar. No me digas que te asustan las pistolas, tío. No, pero son muy peligrosas. ¿Falta mucho, Eric? Un retén a la distancia.
Mi primo se pone nervioso y me extraña su comportamiento. ¿Todo está bien? Asiente sudando. ¿Adónde van?, pregunta un policía federal. Le explicamos y se retiran a revisar los papeles del coche. No hay pedo ¿verdad Eric? No, no, para nada. Regresa el policía y, luego de echar una ojeada al coche, me ordena que baje, pregunto por qué y repite su orden con un grito. Haz lo que te dicen, me pide Eric y al notar su nerviosismo decido no hacer la cosa más grande. El poli me catea violentamente y, luego de darme una patada en la pantorrilla, lo encaro reclamando. ¡Si creen que traemos algo en el coche pues revísenlo pero ya dejen de estar chingando! Respete a la autoridad. ¡Pues respete a los ciudadanos! Por fortuna llaman al policía para ayudar con la revisión de un autobús y se retira advirtiendo que aún no escapamos de sus manos. Me meto al coche y Eric está pálido. ¿Qué te pasa? Aline interviene dándole un poco de refresco. Sólo se le baja la presión, tío. ¿Eric? Sí, ya estoy bien. Llega otro policía para indicarnos avanzar. Salimos lentamente para finalmente acelerar a la distancia.
Le regresa el color a mi primo y en cinco minutos todo vuelve a la normalidad. ¿No vamos a parar a desayunar? Apenas pregunto cuando tres patrullas se anuncian en nuestra persecución. Se nos emparejan y obligan a detenernos, se bajan apuntando con sus armas. Aline y yo miramos impotentes mientras bajan a Eric, ella reclama la detención y un policía nos informa que tiene varias órdenes de aprehensión. Mi primo me suplica terminar con su tarea, Aline tiene la dirección y debajo del asiento hay un sobre con diez mil dólares. Yo salgo en veinticuatro horas y entonces nos regresamos los tres juntos a Ciudad de México. ¿Estás seguro? Le da instrucciones a Aline que nadie logra escuchar y se lo llevan esposado dentro de una de las patrullas.
Reemprendemos el viaje. Qué nave tan chida; parece que manejo un avión. Quiero bromear un poco pero Aline no está de humor. ¡Baja la velocidad! Me indica con total precisión el camino que finalmente nos lleva a un rancho ganadero; sencillo por fuera pero una lujosa mansión por dentro. Un hombre armado nos ordena detenernos y descender. Llega Ramiro, se presenta y nos pide pasar a una de las estancias de la casona mientras revisan el auto. Una mujer se pone a nuestra disposición en cuanto a bebidas y comida. Todos se portan muy amables. Aline y yo terminamos de comer y le pregunto qué prosigue. En cuanto vean que el auto está bien nos podremos ir. ¿Y cuánto tardará eso? Llega Ramiro con cuatro hombres que no habíamos visto antes y, en un tono golpeado, me informa que el auto está bien y que hay que seguir con el resto del trayecto. ¿McAllen? Le reclamo que Eric está detenido y que el favor que me pidió ya está cumplido. Siento un golpe en la cabeza que me deja aturdido. Aline interviene y me pide obedecer; orita te explico.
Tres vehículos levantan el polvo de la carretera. Una camioneta vieja como falso señuelo, luego nosotros en el Audi y detrás una camioneta del año con vidrios polarizados. Tengo que decirte algo, tío. Me confiesa la cocaína escondida en el auto justo cuando nos formamos en la garita de la frontera. No contesté, no reproché, no reclamé. De nada sirve eso ahora. Hubiera sido mejor que no me dijera nada. Ahora estoy muy nervioso. Aline me quiere tranquilizar pero le exijo con un grito que no hable más. El silencio es tan intenso que escucho con fuerza los latidos de mi corazón, acelerando, acelerando peligrosamente y horrorosamente para mis nervios. Llegamos al punto de revisión y media docena de agentes observan el auto por arriba y por abajo; un bonito pastor alemán coadyuva. Se inquieta y huele las llantas, la defensa y algo de la carrocería; le abren la cajuela y éste la revisa alterándose más. Se baja ladrando, me ladra a mí. Los agentes me bajan y me revisan por completo. El perro me muerde una nalga y caigo al piso, una bolsa de marihuana en mi bolsa trasera que el can mastica desesperado. Los agentes intentan rescatar la evidencia de las salvadoras fauces pero apenas lo logran con una hilarante fracción. El perro se queda dormido y, finalmente, nos dejan pasar.
En nuestro camino a McAllen volvieron a incorporarse las camionetas. Perdona, tío. No hay problema, sólo dime qué sigue. Sólo dejar el auto, es todo. ¿Segura? Segura. En las afueras de la ciudad arribamos a una mansión, donde hay una gran comilona estilo mexicano. Dejamos el auto y Ramiro vuelve a tratarme de manera amable, lo miro a los ojos y le reclamo por qué me pegaron en la cabeza. Me mira serio y, luego de hacerse el malo unos segundos, se echa una carcajada que a mí no me hace gracia. ¡Ni aguantas nada! Una señora, idéntica a Salma Hayek, nos invita a la fiesta presentándonos con algunos de los presentes. Luego de echarme dos whiskys me siento relajado y me sereno. Aline se ve emocionada mientras conoce a chicas de su edad, rato después un muchacho le hace la plática. La ñora me saca a bailar y otro whisky. Me siento un rato y me da hambre, voy a la mesa de la comida y me sorprende Aline ya rodeada de varias amigas. ¡Vamos, Aline! Le llaman pero ella les pide un momento conmigo. ¿Cómo están mis primos, tío? Bien, supongo que bien. ¿No los has visto? Su mamá no me deja verlos desde hace seis meses, dice que soy un peligro para ellos. Tengo muchos defectos, pero ninguno de ellos reside en mis sentimientos. Intento sobrevivir sin verlos, día con día; aún en los peores días que, a veces, se convierten en los mejores días. Te quiero, tío. No me importa lo que digan de ti, para mí eres lo máximo y mis primos lo saben; sólo dales tiempo. La miro a los ojos aliviado, sus palabras me han hecho sentir bien. Ya, vete a divertir con tus nuevas amigas; no te quedes con un viejo amargado. Me da un beso en la mejilla y regresa con el grupo de niñas. Pido otro whisky y luego otro, y otro y otro y otro. Cuento chistes a un grupo de personas cuando aparece Ramiro muy serio. Qué pasa, por qué esa cara, ¡estás en una fiesta! Lo vacilo agarrándole los cachetes como hace Marlon Brando en El Padrino. Me vuelven a pegar en la cabeza y caigo al piso quejándome. ¡Ni aguantan nada! Reclamo mientras me llevan sepa verga dónde.
Estamos en el sótano, yo amarrado a una silla mientras Ramiro me grita rodeado de sus gorilas. ¡La mierda que nos trajiste no es pura! ¡Está rebajada hasta la madre! ¡Te va a llevar la chingada! Dos tipos se encargan de golpearme mientras me exigen respuestas que no tengo ni idea cómo contestar. Pierdo el conocimiento cuando me rompen la nariz. Despierto, estoy solo y escucho a lo lejos la música de mariachis en la fiesta. Alguien abre la puerta. Es Aline, quien entra a escondidas y en silencio; me desata y no puedo levantarme. Tengo las piernas dormidas, pero con su ayuda logramos salir por una puerta al costado del enorme jardín.
¿Adónde vamos? Tú confía en mi, tío; ya me conozco todo este rancho gringo. Atravesamos un invernadero colindante con el espacio usado como estacionamiento, Aline abre la puerta de varios coches buscando las llaves en alguno. Un Pontiac blanco. ¿Quieres que maneje, tío? No, no, no; cómo crees, estás muy chica. Enciendo el motor y avanzamos con los faros apagados. En la salida hay una fila de tres autos siendo revisados; nos incluimos justo cuando dejan pasar al primero y podemos salir con todos ellos. Sin embargo, una de las nuevas amigas de Aline nos ve y se despide de ella efusivamente. Acelero a todo, rebaso a todos y nos integramos en la carretera.
¿No te duele? Aline limpia la sangre de mi nariz con una servilleta mojada con sus labios. Si no fuera un cobarde regresaría a matarlos. Le digo, nos miramos y reímos. Reímos mucho, mucho; hasta que por el espejo retrovisor nos persigue una camioneta. ¡Agárrate bien! Nos alcanza e intenta sacarme del camino, lucho por esquivar todas sus embestidas hasta que nos desvían y nos estrellamos contra un pequeño árbol a la orilla del camino. La sangre vuelve a brotar de mi nariz y no veo nada. ¡No te muevas, tío! Aline se baja y se esconde entre el cofre y el madero incrustado. Me limpio con el antebrazo y volteo. Cuatro sicarios vienen por nosotros. ¿Aline? Me hacen brincar cuatro detonaciones y caen los cuatro hombres. Aparece ella caminando hacia éstos y dispara a los que aún se mueven. Me bajo y no puedo creer lo que veo. Mi sobrina sosteniendo una pistola y los cuatro sicarios abatidos. Ya podemos irnos, tío.
Tomamos la camioneta sólo para adentrarnos a la ciudad y la dejamos en un estacionamiento del centro; compramos dos boletos en el Greyhound. ¿Y la pistola, Aline? La dejé en la mano de uno de ellos. En Reynosa llamamos por un teléfono público a la estación de la policía federal, nos dicen que mi primo salió por la mañana. ¿Qué hacemos? Aline llama a su mamá para avisarle que llegamos al día siguiente. Doce horas de viaje y yo duermo todo el trayecto. Al llegar a la ciudad desayunamos en un Vips y platicamos poco. La llevo a su casa en taxi y cuando abren la puerta su mamá me recibe con una fuerte cachetada. ¡Por qué se la llevaron! ¡No mamá, mi tío no tiene la culpa de nada! ¡Tú métete a la casa! Aline se despide de mí dándome un fuerte abrazo y, mientras la veo meterse a su casa, su mamá me vuelve a dar otra cachetada. ¡Ya no me pegues! ¡Pues dile al pendejo de tu primo que no lo quiero volver a ver por acá! Y cierra la puerta con un azotón que aflojó un número dos del domicilio 22.
Llego a casa y pienso en mi primo. ¿Y ora dónde chingados andas? Sólo espero que estés bien. Enciendo un cigarro y encuentro en mi bolsa un pequeño papel doblado.
Feliz día del padre, tío.
Aline
PD
Ve al médico para que te cure esa hermosa nariz.
* * *
Serner Mexica, «Aline y El Día del Padre» (2016) en "El indio filósofo", (pp. 61-72), Columbia, SC: Maserso Books (2019).
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